-¡Les dije que no salen!- exclamó mama Gina por cuarta ocasión.
-¡Pero mamá! Todos están allá, mi tío Pablo ya viene con los bidones. Uno para Mayra, otro para Ernesto y dos para mi.- Dijo Jaime en tono de súplica, de esos que las madres no pueden resistir.
-¡Por favor mama!- dijo Mayra- no nos tardamos nadita, mi tío nos va a traer a la casa de vuelta.
-Hijos míos…- Susurro Gina- Tengo un mal presentimiento.
-Toc, Toc. ¡Buenas buenas!- dice el tío Pablo mientras abre la puerta de la casa como si fuera suya, irrumpiendo en el umbral y también en la conversación. Besa la mejilla de su cuñada Gina y de sus tres emocionados sobrinos.
-Pablo, me da mucha pena que vinieras hasta acá, pero los muchachos se van a quedar en la casa.
-¡Pero mamá!- gritaron los 3 al unísono.
-Nos falta llenar el tanque,- dijo Mayra,
-!Y si la vendemos me compras mis tenis amá!- alegó Jaime.
-Sí Gina, no nos tardamos, te aseguro que en hora y media te regreso a los chamacos.
Mamá Gina con el Jesús en la boca y la angustia en el corazón, pero cediendo a la presión de los cuatro Morales dijo:
-no se tarden pues.-
Los jóvenes saltaron de júbilo y el tío Pablo con su gran sonrisa se despidió de Gina con un ademan.
Cerraron la puerta.
-Cómo me haces falta Joaquín- Decía mamá Gina mientras contemplaba la foto de bodas que colgaba en la pared del comedor.
- Quizá a ti te hubieran hecho caso, tantos años y aun no aprendo a tener mano dura con tus hijos. Me tiembla el alma nomas de pensar en regañarlos, recuerdo que te obedecían más a ti.
Tú me decías: ¡Mujer! No seas tan blandita… ¡Ay Joaquín! ¿Pero como puede una madre tener
mano dura con sus pequeños ángeles?, ¿como puede una madre amorosa negarles los deseos a sus hijos?
No se dio cuenta de que tenía media hora ya pensando en su Joaquín, tan guapo él, con sus botas y su brillante bigote ralo.
-¡RIN, RIN!- El teléfono sonaba volviendo a Gina a la realidad.
-¿Diga?
-¡Comadre!
-Hola Comadre Lucia. ¿Como está?
-ay comadre, pues bien preocupada, me dijo Pablo que usted no quiso venir, y la verdad que bueno por que ya están llegando los militares.
Mamá Gina sintió que la sangre se le iba al suelo.
-¡Lucia! ¡¿Cómo, los militares!?
-Si comadre, se está poniendo feo, y Pablo esta terco que no nos vamos sin la Gas.
Gina tiró el teléfono, le temblaban la voz y las manos.
-¡Madre de Dios, Los militares!,
¡Joaquín, si estuvieras vivo no los habrías dejado salir! Una sola palabra tuya y mis hijos estarían aquí, conmigo, con nosotros, te harían caso Joaquin, escucharían tu consejo por que eres su padre, el hombre de la casa, el ejemplo de la familia, contigo no nos faltaría nada, Jaime tendría sus zapatos, le hubieras levantado su cuarto propio a Mayra, Ernesto no andaría de vago tan chiquito.
¡Ay mi Joaquin! Tu, tan bueno, tan noble, tan santo…
Gina lo pensó mejor, ¿a quién engañaba?, Joaquin andaría con los muchachos y Pablo robàndose la gasolina también. Jaime no tendría los zapatos, Mayra seguiría durmiendo en la sala y Ernesto vagando con los vecinos. Era una realidad, cuando vivía Joaquín como quiera les faltaba todo,
Sintió que el aire le se le escapaba del pecho y rezó. Rezó por un milagro, rezó para que sus hijos estuvieran fuera de peligro. Solo ese milagro evitaría que se metieran en problemas ahora.
¡Madre del cielo, protege a mis hijos!
Pasaron dos minutos que ella pensó fueron horas y entonces comprendió…
Tomo la chancla, el cinto de Joaquín, el lazo del tendedero, las llaves del Tsuru 92 y cerrando la puerta manejo al ducto.
-¡Pablo! ¡Pablo!- gritaba Gina con fuego en los ojos. - ¡Pablo!
-¡Comadre! Allá esta Pablo con Jaime haciendo fila.
-¡¿Mamá que haces acá?!
-Nos vamos a la casa- dijo mamá Gina con determinación.
-no inventes mamá, no me voy a ir… ¡Ay! Ay!- grito Jaime cuando sintió estrellarse la chancla contra sus piernas desnudas. - ¡no mamá!, ¡no!.
Los otros dos chamacos corrieron a esconderse al ver a su mamá fúrica.
-¡Te me subes al coche rapidito!
-¡Si mamá pero ya no me pegues!
-¿Dónde está Mayra y Ernesto?
-Allá mamá- dijo Jaime señalando un árbol.
-¡Ay!- gritaron los otros dos al sentir el infernal rigor del cinto de cuero.
-¡O se suben o los amarro! – dijo Gina mostrando el mecate.
Los muchachos viendo en los ojos de su madre tanta determinación decidieron obedecer.
Salieron de allí los 4, con la luz de la reserva del tanque del Tsuru encendida, Mayra lloraba.
Ese día Gina comprendió, ella era el milagro, era su madre, decidió nunca volver a usar la chancla ni el cinto de su Joaquin, nadie iba a lastimar a sus hijos, ni siquiera ella misma, aunque para eso tuviera que empezar a enseñarles a ser honrados.
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